Historia
El aprovechamiento del pinar, del monte como tal, ha sido una constante a lo largo de nuestra historia. Ya en la época de los repartimientos de tierras a los conquistadores o «colonizadores europeos», el hombre se asienta en estas tierras y explota sus recursos, y el pinar no lo es menos, al menos en los «montes de propios» o «monte del rey» como se conocía dicho monte entre las clases más pobres hasta no hace muchas décadas.
En esas primeras décadas de ocupación, se explota la madera del pino, «aquellos que tenían ya ateado su corazón» o más bien, la explotación de un producto que se obtiene de ella como fue la pez, conocida como brea o resina del pino, muy apreciada en el mantenimiento y reparación de los navíos que arribaban a los puertos de la isla o se exportaba a otras islas, como Gran Canaria; o bien se exportaba a la Península, a Europa o a América en siglos pasados.
Ello lo hacían quemando los pinos, troceados en piezas más pequeñas, en los hornos de brea. Testimonio de ello se halla en este monte un total de 15 hornos de brea localizados por distintos puntos del monte guanchero. Entre los más conocidos estarían el horno de Llano Blanco, el horno de la Hoya Palomera, el horno de los Pinos de los Tres Hermanos o el horno del Corral de Los Amaros. Hoy en día, casi todos ellos, en mal estado de conservación.
Esa actividad extractiva de aprovechamiento abusivo del monte, que duró al menos 150 años, tuvo que prohibirse en el siglo XVIII dado el daño que se le estaba infligiendo al pinar, y no solo con esa actividad, sino también con la extracción de madera o de leña. La deforestación en estos entornos forestales fue importante. Prueba de ello se muestra en las fotografías aéreas históricas del año 1956 donde se aprecia el daño ocasionado al pinar manifestado en la poca densidad del mismo. El uso indiscriminado supuso una merma considerable de la masa arbórea de la isla, y en La Guancha en particular.
Flora y Fauna
Los vientos alisios, también conocidos como vientos del norte o «vientos del comercio» en el mundo anglosajón, fueron los impulsores de la navegación a vela y del establecimiento de las rutas comerciales. Estos vientos permitieron a Cristóbal Colón cruzar el océano Atlántico en su primer viaje a América.
Estos vientos, húmedos y frescos, están presentes todo el año, pero son en los meses de primavera y verano cuando su intensidad y frecuencia se hace dominante, soplando del sector nornoroeste al noreste. En esta zona tienen lugar fenómenos de condensación de vapor de agua y la fusión de gotitas de agua, desarrollándose una amplia capa de nubes, denominadas estratocúmulos, que popularmente se denomina como «mar de nubes».
Nuestra ruta se adentra bajo la influencia del mar de nubes. Cuando este fenómeno hace presencia a esta altura del municipio, el paisaje del camino cambia radicalmente. En esta ocasión, el ambiente se vuelve de un gris plomizo gracias a la intensidad de la niebla. Puede ser de tal espesor que apenas se puede ver más allá de unos metros y hasta los pájaros dejan de cantar, haciendo que el silencio lo envuelva todo. Solo se escucha el viento en contacto con las copas de los pinos, creando una escena propia de una película de terror.
Experimentar esa sensación de que el sol se va ocultando frente a la presencia cada vez más rápida de la niebla que lo invade todo, nos brinda una oportunidad absolutamente mágica.
Ciñéndonos a las especies de vertebrados, son las aves las que constituyen el grupo más llamativo de la fauna del ecosistema del pinar. Se han llegado a contabilizar unas 35 especies de aves nidificantes, es decir, que hacen sus nidos en el monte.
Mientras caminas por entre estos pinos siempre llevas contigo la banda sonora del canto de alguno de los pájaros más comunes de estos montes guancheros. Entre ellos se encuentran el pinzón azul canario, un ave endémica de Canarias; el herrerillo y el pájaro pico picapinos, dos aves muy ligadas al pinar; el canario, el pinzón vulgar y el mirlo, muy frecuentes en estos montes.
Destaca la presencia de un número importante de aves rapaces como el ratonero o aguililla, que por su envergadura y los sonidos de llamada o reclamos que emite son fáciles de reconocer en el cielo. Mientras, el cernícalo, muy común en estos entornos, se le reconoce en el cielo por sus agudos sonidos de reclamo, similares a un «ki-kii-ki».
